¿Su casa también hace ruidos “raros”? Deje de buscar fantasmas

«La gente da por supuesto que las viviendas son algo estático cuando, en realidad, sus materiales están más “vivos” de lo que pensamos»

Será porque las películas de terror nos han metido el miedo en el cuerpo, pero ¿a quién no le ha pasado estar solo en casa por la noche y echarse a temblar al oír algún golpe o crujido? Nuestra propia naturaleza e instinto de supervivencia nos llevan a ponernos en estado de alerta cuando vemos o escuchamos algo que puede suponer una amenaza para nuestra integridad física. De ahí que se nos acelere el pulso al escuchar un ruido y no conocer su origen. Además, el cerebro está diseñado para intentar dar una explicación a cualquier estímulo que recibe, e interpreta la realidad de acuerdo con nuestros conocimientos. Así, no es raro que lo primero que se nos venga a la mente ante tal circunstancia es si habrá un ladrón intentando forzar la cerradura o si el fantasma de algún difunto está merodeando por nuestro inmueble, pues es lo que hemos visto en el cine. Sin embargo, los ruidos que oímos en casa cuando estamos solos y en silencio tienen una explicación científica y mucho menos peliculera.

«La gente da por supuesto que las viviendas son algo estático cuando, en realidad, están más ‘vivas’ de lo que pensamos. Los materiales con los que se construyen reaccionan igual que cualquier otro elemento. Por ejemplo, a nadie le sorprende que en las paredes salgan manchas por la humedad o que a la comida le salga moho después de un tiempo en la nevera. Con los ruidos pasa igual. Las cosas, dependiendo del ambiente en el que estén, y de los fenómenos a los que se expongan, reaccionan y cambian», expresa Lourdes González-Cienfuegos, arquitecta técnica.

Entre los materiales más «ruidosos» está la madera. Esto se debe a que es un elemento higroscópico, es decir, que atrae agua del ambiente y, dependiendo de la acumulación de líquido que tenga, se hincha o merma y provoca ruidos de diversa índole. «A mayor humedad, mayor expansión. Por ejemplo, en mi casa, el marco de la ventana es de madera y con la nevada de la borrasca Filomena se hinchó y no había quién la abriese», cuenta la especialista.

También interviene la temperatura. Prácticamente todos los materiales sufren una dilatación cuando hace calor y una contracción cuando hace frío y, al pasar de un estado a otro, provocan distintos sonidos. Este fenómeno se da especialmente en los meses de otoño y primavera, cuando los cambios de temperatura son más extremos entre el día y la noche.

El desgaste por los años también puede influir. «Cuando las instalaciones son antiguas y en el edificio conviven muchas personas es común que los ruidos proceden de las tuberías. Si un día estás durmiendo y, de repente, te despierta un traqueteo extraño, probablemente sea que tu vecino ha tirado de la cadena de su inodoro y, al hacerlo, la bajante cercana tiembla y suena», aclara González-Cienfuegos.

Cañerías y forjados

Por otro lado, si lo que escucha es un ruido similar a la caída de unas canicas sobre el suelo, puede que su vecino esté purgando un radiador, lo que hace que las cañerías cojan aire y generen un burbujeo que se transmite al forjado. Si estas tienen algún goteo no es raro que oigamos golpecitos, y el propio movimiento del agua a través de ellas también puede producir cierta sonoridad. Más comunes son las vibraciones que notamos como consecuencia de que los inquilinos del piso superior arrastran una silla o los arañazos que de vez en cuando se notan a través de las paredes si los pájaros o los murciélagos se han colado por algún recoveco.

Uno de los recursos para controlar la dilatación y contracción de las estructuras, y así evitar ruidos, grietas, roturas o levantamientos en los materiales, son las juntas de dilatación. Esta es una solución constructiva que facilita que los distintos elementos tengan espacio para dilatarse y contraerse con libertad, sin dañarse. Para ello, se deja un hueco libre entre ellos que actúa de amortiguador del movimiento. «Un ejemplo es la tarima flotante, que ‘flota’, como su propio nombre indica. Es decir, se deja un espacio perimetral con la pared para que tenga libre movimiento, pero no lo vemos porque queda cubierto con el rodapié», señala la arquitecta.

Fuente: El Correo

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